PROSELITISMO ANACRÓNICO Cuando el tiempo avanza, pero uno no

Si existe una constante innegable en nuestra experiencia, es la todo-dinámica influencia del factor tiempo. Desde ya, esta será una conclusión natural para el universo teísta y más particularmente la galaxia del Gaudiya Vedanta, en donde Dios mismo se identifica con el paso e influencia de cronos. Que el tiempo avance nos habla de que todo busca progresar, que la estructura misma de la realidad tiende hacia un continuo y renovado logro superior, desconocido hasta el momento anterior. Así, si deseamos ser miembros contribuyentes a todo lo que pasa a nuestro alrededor, se nos invita a dimensionar las dinámicas del tiempo, y descubrir en su influencia un continuo mensaje divino.

Ahora bien, que el tiempo pase no necesariamente nos hablará de progreso alguno, pues nosotros deberemos entonces avanzar junto a él. Cuando las agujas progresan pero nosotros no, la transracional voluntad divina no logrará acompañarnos, básicamente debido a que aún no nos disponemos a avanzar junto a ella. Aunque el intento por habitar el tiempo pasado sin dudas presenta aparentes ventajas, en última instancia sólo incluye delicados riesgos profesionales. Y si no aprendemos de ello, tenderemos a calcar en el presente todos aquellos errores cometidos previamente. Y dentro de lo que es el área del proselitismo (o la diseminación del mensaje revelado de nuestro closet privado hacia afuera), nos encontramos con toda una serie de consideraciones a este respecto, en donde a cada instante podemos escoger habitar el presente (con todos sus desafíos) o buscar acomodarnos en estructuras formulaicas que supieron funcionar tiempo atrás…pero que piden por una urgente actualización el día de la fecha. 

Nuestro discurso debe necesariamente seguir con vida y no, en el nombre de representar la agencia epifánica de la revelación, meramente disponernos a una estéril reproducción de contenido, en donde la última consideración sea si es que hay algo nuevo que necesita ser expresado. Vivir y hablar la verdad representa el más refinado (y por ende peligroso) de todos los compromisos, pues más que enfrentar una audiencia e intentar dar con las palabras que nos hagan sentir exitosos en nuestro deber, necesitaremos empatizar local y globalmente con los paradigmas del momento y únicamente desde allí tratar de abordar cualesquier temática, para que nuestra exposición llame la atención del plano superior, así como de los corazones que nos escuchan.

Hoy en día aún prevalece toda una considerable corriente de anacronismo en el nombre de la evangelización. En otras palabras, nos referimos a aquellos supuestos representantes del logos, quienes junto con su discurso permanecen habitando un continuo desfasaje para con la realidad que les acompaña: Repitiendo slogans ya inaplicables, intentan vivir la prístina gloria del pasado sin buscarla revivir en el ahora, con todos el reto que ello implicaría. Retrógradamente, tales personas no consiguen vislumbrar la urgencia de seguir conociendo el mundo que les rodea (el mundo al que se están dirigiendo), el cual muy probablemente se haya modificado mucho más de lo que uno quisiera aceptar. Quizás exista buena intención en los corazones de tales predicadores, pero a la hora de enfrentar el fenómeno de lo contemporáneo ello no será suficiente ya que como el dicho dice, el camino hacia el infierno está lleno de buenas intenciones.

¿Cómo describir una tradición milenaria a, por ejemplo, un oyente millenial? Todo genuino delegado de lo divino se encontrará con muchas interrogantes a este respecto. ¿Cómo modernizar el packaging de nuestra presentación, para continuar brindando la misma esencia milenaria en términos actuales? Y lo que es aún más, ¿cómo desarrollar esa misma esencia milenaria dentro de nosotros, la cual por su misma constitución tiene el potencial de expanderse ad infinitum? En otras palabras, si una tradición milenaria ha de mantenerse con vida de forma vibrante y conmovedora, sí o sí necesitará atravesar este denso pero imprescindible interrogatorio.

Y en cuanto al pasado, debemos lograr empatizar con él. Esto es, necesitamos aprender a contextualizar todo aquello que deseamos analizar pues de otra forma, un texto fuera de contexto se vuelve un pretexto. Si, por ejemplo, como Gaudiya Vaisnava deseo realmente apreciar y glorificar a Thakura Bhaktivinoda, ante todo se me recomendará lograr posicionarme en el específico tiempo, lugar y circunstancias en donde él supo desenvolverse, y únicamente así dimensionar la grandeza de su proyecto, implementado en el contexto de una época en particular, con requerimientos y obstáculos específicos, todo ello predominado por determinados patrones de conducta y estructuras sociales, psíquicas y por qué no espirituales. Una vez hecho este ejercicio, sin duda alguna seremos capaces de valorar más sensiblemente el movimiento devocional renacentista de alguien tal como “el Séptimo Gosvami”. Y este mismo procedimiento hemos de aplicarlo continuamente, si es que realmente buscamos entender qué se espera de nosotros en el instante actual, a la hora de dirigirnos a un mundo postmoderno que presenta toda una serie única de fenómenos y paradigmas, los cuales deben (y pueden) ser abordados y resueltos en el marco del Gaudiya Vedanta.

De esta manera, el tiempo avanza y lo hace con razón, y aquellos quienes no deseen colaborar con dicho movimiento, quedarán tristemente desprovistos de todo aquello que puede ofrecernos el habitar este exacto momento presente. Mientras doctrinas tales como la de mindfulness ha alcanzado variados estratos y aplicaciones, no estaría de más indagar acerca de cómo aplicar tal precepto a la hora de difundir el conocimiento trascendental al mundo, en el momento y espacio actuales. El tiempo presente sin duda es una de nuestras mayores pruebas, pues nos invita a habitarlo plenamente y con ello a empatizar con todo lo que dicha época incluya y presente en nuestro camino. Así, más que insistir nostálgicamente en las glorias del pasado y/o proyectarnos oníricamente en un futuro aún no creado, busquemos hacer las paces con el hoy en día, abrazando las múltiples demandas que nuestra audiencia y mundo situarán ante nosotros. Y será sólo así (familiarizándonos con una consigna permanentemente actualizada) que hablaremos el idioma de la realidad presente, y continuaremos adorando el factor tiempo como aquello que siempre fue, es y será: Dios mismo en un continuo y atrayente movimiento.

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