NAVIDAD, CRISTIANISMO & LA CONTRIBUCIÓN DE JESÚS

Al menos una de cada tres personas celebrará esta noche la Navidad o en otras palabras, el nacimiento de Cristo, a partir de quien surge la doctrina cristiana, la cual siguen aproximadamente una de cada tres personas en todo el mundo.

Más allá de sus divisiones principales (catolicismo romano, ortodoxia oriental y protestantismo), una tradición tan extensiva y popular como el cristianismo es inspirada originalmente en un única persona, nacida como un carpintero judío en un establo, ejecutada como un criminal a sus treinta y tres años, quien nunca viajó más de cien kilómetros fuera de su lugar de nacimiento y no tenía posesión alguna, que no había asistido a ninguna escuela ni había dirigido ejército alguno, y que en lugar de escribir libros realizó su única escritura sobre la arena: Jesús.

Esta particular personalidad mantuvo (principalmente en Galilea) durante sus últimos tres años una “carrera” de maestro y sanador, y las enseñanzas allí perpetradas constituyen todo el legado oficial conocido por la humanidad, en la forma del Nuevo Testamento. Aquello que este libro registra podría ser leído en unas dos horas, pero sin embargo sus enseñanzas puede que sean unas de las más repetidas a lo largo de la historia.

Mientras que muchos cristianos suelen ante todo citar los diversos milagros de Cristo como evidencia de su grandeza, él mismo no hizo esto en ningún momento: él no consideró utilizar sus capacidades curativas y demás perfecciones místicas para convertir a la audiencia, aunque sí debemos reconocer que fue tentado a hacer esto (durante los famosos cuarenta días de ayuno y oración previos a su campaña de prédica), pero Jesús supo ejemplarmente rechazar dicha tentación, como tantas otras.

Como todo genuino maestro, Jesús instruyó a partir de una genuina compasión y una impecable conducta, iluminando a sus seguidores de acuerdo a las capacidades de cada cual. Él mismo diría que “mis enseñanzas son reales no porque vengan de mí o ni siquiera porque vengan de Dios a través mío, sino porque sus propios corazones dan testimonio de la verdad contenida en ellas”. Así, este tipo de declaraciones nos dan un vislumbre del espíritu heterodoxo de este gran profeta, quien entregaba un mensaje que desafiaba todo convencionalismo y ortodoxia desmedida de la época, reemplazando ello por un mensaje claro y profundo de amor y simpleza espiritual.

Otro de los atributos notables del discurso de Jesús su estilo “invitativo”, pues en lugar de decirle a las personas lo que tenían que hacer o en quién tenían que creer, él los invitaba a ver las cosas desde un nuevo ángulo de visión confiando en que si harían ello, naturalmente sus conductas cambiarían en esa misma mirada. En él encontramos una de las tantas figuras ejemplares en cuanto a cómo abordar al otro, así como abordarse a uno mismo: la suprema evidencia de la humildad de Jesús reside en que no es imposible descubrir precisamente qué es lo que él pensaba de sí mismo, dado que su preocupación central era acerca de qué pensaba la gente acerca de Dios.

Así, parte de su ministerio consistió entonces en extender la gracia de Dios al mundo, en un lenguaje y perspectiva específicos, de acuerdo a la situación y capacidad no sólo del momento, sino de todo momento, siendo que en toda época existen infinidad de almas con diversas predisposiciones y tendencias, todas las cuales pueden hallar su plena satisfacción a través de genuinos senderos espirituales. Desde ya, esto no quita que incluso durante sus tiempos (¡qué decir hoy en día!) pocas fueron las almas que supieron captar la esencia y alcance del mensaje de Jesús, un mensaje demasiado amplio y profundo para lo que la mayoría de nosotros podemos concebir. En las palabras de H. G. Wells: “Ya sea que hay algo de locura en este hombre (Jesús), o nuestros corazones son áun demasiado pequeños para su mensaje.”

Uno de los característicos énfasis del mensaje de Jesús fue no sólo acerca de la importancia de desarrollar amor por Dios, sino (y como pieza fundamental que nos ayude en dicho engranaje) ante todo concientizarnos acerca de qué tan amados estamos siendo por Dios. Siendo que por un lado la culpa no aliviada reduce nuestra creatividad y tantísimas otras funciones, el sabernos y sentirnos amados por no cualquier persona sino ante todo por Dios (no abstractamente sino de forma vívida y personal), semejante experiencia tendrá el potencial de derretir permanentemente nuestro temor, culpa y egocentrismo.

Y es a partir de allí que ha tenido lugar toda un doctrina, que hoy en día caracteriza al cristianismo de manera muy específica: si aceptamos a Jesucristo, alcanzaremos de inmediato la vida eterna. Mientras que esta declaración es algo que desde ya requiere de cierta comprensión madura y realista (en cuanto a dimensionar qué implica realmente aceptar a Cristo y ser salvado), la idea en resumen sería la siguiente: un pecado infinito (como la que la humanidad arrastra desde el inicio de la creación, de acuerdo al cristianismo) demanda una recompensa infinita y esto únicamente puede ser llevado a cabo si Dios mismo asumiese tanto nuestra propia culpa como también el pago del castigo definitivo que ello requiere, en la forma de la muerte. Así, el cristianismo considera que dicho pago fue efectuado por Dios a través de la persona de Cristo, y por ende dicha deuda ha quedado cancelada (para todo aquel que se rinda a él). Una idea desde ya muy cercana a la concepción Vaisnava del principio del Guru, en donde el maestro (cual agente de la divinidad) “asume” el karma del discípulo (en la medida en que él/ella se rinde) y sólo de esta manera, una muy posible incontable deuda kármica encuentra final alivio.

En relación a esta última idea, el considerar a Jesús como Dios en forma humana (tal como hoy en día es concebido por la mayoría de sus seguidores) no fue algo que se concluyó durante su propia vida, pero sí podríamos decir que incluso antes de su muerte un tipo de momentum fue erigiéndose en dicha dirección. Durante el día de la fecha, Cirsto es visto tanto como representación de abosluta divinidad, así como de completa humanidad. Interesantemente, este concepto (que muy probablemente evolucionó necesariamente al no tenerse un clara concepción de Dios/Jehová en el cristianismo) se asemeja no sólo nuevamente al principio de Sri Guru, sino al concepto de Sri Krishna, en donde la máxima expresión de la divinidad se ve a su vez paradójicamente acompañada por una más que notoria pincelada de humanismo.

Y los paralelos y similitudes continúan: siendo que la realidad a algo muy ligado al concepto de perspectiva y experiencia subjetiva, naturalmente podremos decir que “todos los senderos van a la misma meta (Dios)”, pero algo así sería como decir, al ir a un aeropuerto, que “todos los aviones viajan al mundo”: y de hecho que así lo es, pero habrá una diferencia entre destinos tales como Bucaramanga y Hawai. Similarmente esto ocurrirá en relación a los diversos procesos espirituales, por lo que si quiero ser un buen cristiano no ayudará (tanto) ir a la Mecca, o si quiero ser un experto astanga-yogi no ayudará en un 100% el practicar meditación zen, etc. Así, existe toda una variedad de metas espirituales (y por ende procesos), por lo que debemos ver qué es aquello que deseamos a la hora de elegir nuestro propio sendero.

En verdad, la doctrina cristiana era esencialmente platónica hasta la época de Aquino, en donde el aristotelismo comenzó a infiltrarse. Así, a continuación intentaremos aclarar diversos puntos de dicha enseñanza, y cómo ello era entendido/practicado originalmente, a diferencia de hoy en día.

Tenemos importantes obras como el libro “El camino del peregrino”, en donde un monje cristiano recita la oración de Cristo en un rosario y a medida que avanza en dicha práctica, él simplemente canta el nombre de Cristo directamente. Todo ello sin duda alguna se asemeja al canto de Sri Nama dentro del Vaisnavismo.

Por otro lado, las diversas propuestas de relación con Dios son de una forma u otra encontradas en la propuesta cristiana, al menos hasta cierto punto: el tipo de devoción quietista cristiana correspondería en cierto nivel con el concepto de santa-rasa; la devoción de Pablo cual esclavo encuentra su paralelo en dasya-rasa; la relación entre Jesús y sus discípulos se vincularía en cierto modo a sakhya; la devoción de los sabios y el concebir a Cristo como un niño (y la adoración del Bambino como surje en la iglesia católica romana) pueden conectarse con la idea de vatsalya; finalmente, a toda monja católica romana se le dice que considere su alma como la esposa de Cristo, mientras que en la iglesia protestante la iglesia misma es considerada dicha esposa, todo lo cual puede conectarse al concepto de madhurya-rasa en cierto punto. En esta misma línea, el cántico de Salomón (“El cantar de los cantares”) es una sección muy similar al Gita-govinda de Jayadeva, en donde el autor se dirige a Dios en un espíritu romántico, buscando entablar una relación conyugal con él.

Por otro lado, “La noche oscura del alma” de San Juan podría ser vista como una versión cristiana moderna del concepto de viraha-bhakti (amor en separación). Santa Teresa llamó a esto “el gran abandono” y Madame Guyon le bautizó “muerte mística”, todo ello similar a la descripción que Mephistopheles hace del infierno: “habiendo visto una vez al Señor, que se le niegue a uno dicha visión.”

En cuanto a síntomas extáticos, se narra que practicantes tales como Santa Teresa de Avila experimentaron diversas transformaciones que tranquilamente podrían entrar en la categoría de sattvika-bhavas, y así sucesivamente. En verdad, podríamos decir que cuanto más esotérico se vuelve el cristianismo, más “hinduísta” se vuelve, pues más obtendremos conceptos como la reencarnación, ahimsa y meditación, entre otros.

Huston Smith diría que las comparaciones siempre tienden a ser tediosas, siendo especialmente tediosas las comparaciones entre una religión y otra. Así, intentando mantener un espíritu de objetividad y continua apreciación, nos vemos a su vez en la obligación de señalar ciertas diferencias, entre un sendero como el cristianismo y por otro lado, el Vedanta devocional de Sri Caitanya en este caso. A este respecto Srila B. R. Sridhara Deva Gosvami declararía que el cristianismo es “Vaisnavismo incompleto”, pues Cristo nos habla de auto-sacrificio pero por sobre ello, existe el olvido de sí mismo. El cristianismo nos dice que “nosotros somos para Dios”, pero ¿de qué forma, en qué cantidad y con qué actitud?: todo ello no es claramente explicado en el cristianismo (lo cual no quiere decir que Cristo no lo supiese, él mismo diciendo que había “mucho más por contar”).

Podríamos decir que en un sentido, Cristo brindó “la primera entrega del concepto teísta”, en donde Dios es principalmente concebido como un padre. Este concepto es desde ya válido pero a su vez incompleto, pues el Absoluto debe estar en el centro de la circunferencia, y no en algún extremo de la totalidad. En cuanto a cómo nosotros concebir adecuadamente a Cristo, su enseñanza e incluso identidad, no puedo evitar compartir un fascinante intercambio entre Srila B. R. Sridhara Deva Gosvami y un practicante cristiano:

Srila B. R. Sridhara Deva Gosvami: En la consideración eterna e infinita, puede llegar el momento en que Jesús mismo pueda ser convertido al Vaisnavismo, esto no es imposible.

Cristiano: ¿Cree usted que Jesús tenía conciencia de Krsna como la Personalidad de Dios?

Srila B. R. Sridhara Deva Gosvami: Si su logro interior es descubierto más íntimamente, entonces estamos obligados a decir que en el desarrollo de su vida eterna, existe alguna posibilidad de su obtención de Krishna.

Cristiano: No entiendo.

Srila B. R. Sridhara Deva Gosvami: ¿Está Jesús estancado o se desarrolla gradualmente? ¿Está él obstruido de seguir avanzando? ¿Es él un miembro del mundo dinámico o del mundo estancado?

Ante semejante idea, algunos podrán declarar que Jesús representa una vida de moralidad y sacrificio, mientras que Sri Krishna representa a su vez una vida de indulgencia e inmoralidad, por lo que será obvio quién de los dos representa mejor a lo divino. Pero ante ello debemos decir lo siguiente: si por un lado existe un aspecto de sacrificio divino, debe a su vez existir una aspecto de lo divino que corresponda y reciba dicho sacrificio, alguien a quien todo sacrificio esté siendo dirigido, el objeto último del amor.

¿Y quién es entonces esa persona a quien Cristo ofreció semejante sacrificio? Muchos dirán que Jesús murió por nosotros en la cruz y desde ya eso es cierto en determinado nivel pero no de forma exclusiva, siendo esto aún una concepción vaga del Absoluto. Aunque desde ya los pecadores de este mundo son los beneficiarios de semejante sacrificio, en última instancia es Dios aquella persona para cuyo placer Cristo experimentó su crucifixión.

En conclusión, podremos establecer sin lugar a dudas que Jesús fue un revolucionario espiritual quien mediante sus simples y profundas enseñanzas, estableció históricos patrones de conducta que hasta el día de hoy afectan y nutren la vida de millones de almas. De esta forma, que nuestra celebración de Navidad sea justamente una celebración de todo aquello que el nacimiento de alguien como Jesús entrega a nuestras vidas, aprendiendo a expresar nuestra gratitud y deuda entregando nuestras vidas a Dios a través del sendero y la guía que Dios mismo ha escogido enviar a nuestro camino.

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