TRANSGRESIÓN DE LA MORAL & TRASCENDENCIA: ¿SON EL HOLOCAUSTO & DEMÁS TRAGEDIAS AUSPICIADOS POR EL BHAGAVAD GITA?

En más de una ocasión hemos analizado cómo la idea de la trascendencia puede servir como una perfecta excusa para evadir toda una larga lista de asignaturas pendientes en nuestra esfera humana, social y emocional. Pero en este caso en particular, nuestra atención irá puntualmente dirigida hacia una pregunta aún más específica (y delicada): ¿qué tan posible es que un texto sagrado sirva como estímulo e inspiración a la hora de concretar las principales tragedias de nuestra historia? No cabe la menor duda que gran parte de las aberraciones centrales que el hombre pudo haber visto, fueron perpetradas principalmente en nombre de lo divino. Y pese a que semejante hecho no llega a desacreditar en lo más mínimo a una religión en particular ni a sus seguidores genuinos, sí nos invita a indagar acerca de aquellas causas que eventualmente desembocaron en muchos de los desastres que marcaron y siguen marcando nuestra historia como humanidad.

Así, al estudiar meticulosamente el cómo despiadados criminales o enceguecidos aficionados incurrieron en sus respectivas infracciones, naturalmente nos encontraremos con la manera en que muchos de ellos justificaban (ante otros o para sí mismos) cada uno de sus actos con importantes citas de aquellos textos sagrados con los cuales ellos se encontraban afiliados. Y pese a que sin duda encontraremos allí algunas interpretaciones más acertadas que otras (y algunas excesivamente fuera de órbita y sin aparente criterio alguno), todo ello no estará más que mostrándonos con qué cuidado y delicadeza debemos saber abordar el mensaje revelado en nuestra propia vida y práctica. Pues si nosotros mismos carecemos de una apropiada madurez y criterio interpretativo, tranquilamente podremos estar representando una de las tantas y nuevas amenazas a este mundo, todo ello siendo muy probablemente ejecutado en el nombre de la “lealtad escritural”.

Comenzaremos citando uno de los más populares casos, y de allí intentaremos emitir una imparcial auto-crítica para con la tradición que personalmente profeso. Pese a que desde hace años tenía presente la influencia de diversos componentes hindúes en lo que fue la presentación del nazismo (tales como la svástica y el concepto de la raza aria -todo ello desde ya representando una crasa distorsión de su versión hindú original-), no fue hasta hace unos pocos días que dimensioné un tanto más qué tan esparcida se encontraba dicha influencia en los seguidores de Adolf Hitler. Con esto me refiero más puntualmente al caso de Heinrich Himmler, o el arquitecto central de lo que fue el Holocausto, quien era a su vez conocido por ser un ferviente y apasionado lector del Bhagavad Gita, hasta tal punto que se decía que dondequiera que iba, llevaba esta obra junto con él. Para dimensionar aún más el grado de su “amor” por este texto, comparto a continuación las palabras que Himmler entregó a los oficiales de la SS en 1943, en el punto cúlmine de implementación de aquello que ellos llamarían “la solución final”:

“Estos actos no representan daño alguno para nuestros seres internos, nuestras almas, y nuestras personalidades. De la misma forma, Krishna le aseguró a Arjuna que sus actos (los de Arjuna) no contaminarían a su ser superior, al Arjuna ocuparse en asesinar a sus parientes. Krishna más bien dijo: `Lo que sea que yo haga, no puede contaminarme, y aquel que se une a mí se libera por ende de todo, y tampoco queda atado por sus actos.´”

No hace falta aclarar en qué contexto fueron pronunciadas estas palabras, ni a qué dio eventualmente lugar semejante discurso. Pero lo que sí podemos y debemos establecer, es que este ejemplo representa un extremo caso de lo que se conoce como antinomismo, o la creencia de que aquellos que han recibido la gracia de Dios se encuentran más allá de cualquier restricción moral establecida en la sociedad. Esta tendencia será de por sí hallada en todas las religiones en mayor o menor medida y, pese a ser una idea que desde ya posee su lado verdadero y profundo (estableciendo el logro trascendente muy por encima del alcance moral) generalmente la misma ha sido sobre-estimada, y erróneamente implementada en medio de los peores horrores que la humanidad pudo haber visto. De hecho, la historia de nuestro siglo XX podría llegar a ser considerada como una fuerte advertencia en contra del concepto antinomista, o al menos de su incorrecta aplicación.

Pues como el ejemplo previo nos ha mostrado, tranquilamente podemos intentar justificar cada una de nuestras peores atrocidades bajo el amparo de un determinado texto sagrado, y si así lo deseamos, sin duda alguna siempre encontraremos un verso que apañe y sustente cada una de nuestras acciones. Pero el punto allí será saber cuestionar a) al texto en sí y su integridad conceptual o b) a la interpretación que uno pueda hacer de tales secciones de las escrituras (las cuales serán generalmente controversiales y por ende requerirán de un apropiado entendimiento) a la hora de buscarse implementar dichos dictámenes en la práctica. Para ir hacia algo aún más concreto, compartamos y analizemos algunas de tales polémicas y citadas secciones, en este caso dentro de lo que es el Bhagavad Gita:

“Aquel que ha nacido, es seguro que va a morir, y, después de morir, es seguro que volverá a nacer. Por consiguiente, en el ineludible desempeño de tu deber, no debes lamentarte.” (2.27)

“A aquel que ejecuta su deber sin apego, entregándole los resultados al Señor Supremo, no lo afecta la acción pecaminosa, tal como a la hoja del loto no la toca el agua.” (5.10)

“Por lo tanto, levántate. Prepárate a pelear y gánate la gloria. Conquista a tus enemigos y disfruta de un reino floreciente. Ellos ya han sido destinados a morir por disposición mía, y tú, ¡oh, Savyasācī (Arjuna)!, no puedes sino ser un instrumento en la contienda.” (11.33)

“Aquel que no es movido por el ego falso y cuya inteligencia no está enredada, aunque mate hombres en este mundo, no mata. Y a él tampoco le atan sus acciones.” (18.17)

Como podemos apreciar, en esta serie de declaraciones encontraremos que el matar en nombre de Dios es algo aprobado incluso por Dios mismo, pero únicamente para alguien libre de falso ego (5.10, 18.17) por lo que en tal caso, se deduce que en definitiva es Dios mismo quien actuará mediante tal alma rendida y con un propósito divino en mente, siendo así dicha alma no otra cosa más que un agente (11.33) de la voluntad superior. Ahora bien, sin duda alguna esta es una idea delicada y por qué no peligrosa para la mayoría, pues pese a que desde ya la misma puede ser real y tener su aplicación perfecta (como lo es el caso del Gita mismo y alguien libre de ego como Arjuna y Krishna), esto no querrá decir que (como casi todo en la vida) una idea como esta no sea algo extremadamente difícil de llevar a la práctica. Por lo que para la mayoría de los mortales, seguir literalmente este tipo de recomendaciones no serían precisamente lo más saludable en sus casos, y más bien la inacción se volvería una opción más segura para ellos, o en todo caso el ejecutar una actividad a la altura de sus capacidades. Pues estar libre de falso ego en este mundo (y obrar en conformidad) aún es tarea de unos pocos, o al menos no una meta a corto plazo para la mayoría.

Sin duda alguna, el ejemplo aquí citado del ejército nazi y su comprensión del Gita representan uno de los casos más extremos de antinomismo que podamos llegar a conocer. Y en relación a este caso lamentablemente todo ello no termina allí, ya que si continuamos nuestra investigación encontraremos cómo muchos de los seguidores de dicho régimen consideraban a Hitler como la personificación misma de Kalki avatara, o llegaban a interpretar el concepto de “manu” como algo que perfectamente era expresado en el carácter del Fuhrer. Para una descripción más detallada de estos particulares sucesos puede consultarse el libro “Hitler, Buda, Krishna” pero siendo que el mismo se encuentra publicado únicamente en alemán, compartimos a continuación al menos una reseña del mismo, escrita en idioma inglés: http://www.trimondi.de/H-B-K/bookreview.en.htm

Continuando con nuestro tema original, pasemos por un momento a ejemplos aún más contemporáneos, en este caso ligados al propio linaje devocional de quien escribe, e intentemos comparar las reacciones del líder que lo supo representar, la reacción de sus seguidores, y la potencial consecuencia de dicha combinación ya sea a corto, mediano y largo plazo. El fundador de la Sociedad Internacional para la Conciencia de Krishna, Srila A. C. Bhaktivedanta Svami Prabhupada, supo pronunciar en variadas ocasiones declaraciones que, sin un apropiado conocimiento de lo que fue tiempo, lugar y circunstancia, naturalmente podrían llevarnos a conclusiones similares a las hasta aquí sacadas en relación al nazismo. He aquí unos breves ejemplos de conversaciones informales que Srila Prabhupada tuvo con algunos de sus discípulos:

“Así como los musulmanes convirtieron a las personas con la espada en una mano y el Koran en otra, asímismo nosotros podemos abordar al público con el Bhagavad Gita en una mano y un arma en otra.” (caminata matutina en Ramana-reti)

“Cuando existan soldados Vaisnavas, tendremos marchas militares concientes de Krishna. Y quien no crea en Krishna…`¡blam!` (risas). Sí, el mismo proceso que los musulmanes utilizaron.” (caminata matutina, 15 de Marzo de 1974)

Sin duda alguna que este tipo de ejemplos no sonarán para nada actualizados a nuestra psicología presente, y para más de uno (incluyendo incluso a practicantes de esta filosofía y seguidores de Prabhupada) estas palabras representarán una píldora difícil de tragar, por no decir imposible. Ahora bien, antes de concluir precipitadamente que personas como Swami Prabhupada se encontraban promoviendo una doctrina cercana al nazismo o algo por el estilo, será importante comprender el contexto cultural y circunstancial en la que tales palabras fueron mencionadas. De hecho, en los textos védicos antiguos existe todo un sistema para la interpretación escritural (conocido en Occidente como hermenéutica), el cual incluye la apropiada consideración del contexto pleno del mensaje:

upakramopasamharav abhyaso purvata phalam

arthavadopapatti ca lingam tatparya-nirnaye

“Aquel método a través del cual la esencia de la escritura puede ser extraída consiste en examinar: 1) las declaraciones que inician y concluyen el texto, 2) aquello que se repite a lo largo de la obra, 3) aquello que es único en relación a dicho texto, 4) el resultado o fruto de aplicar dicho texto, 5) aquello que el autor establece como el significado del texto y 6) el propio razonamiento.”

Así, sin atravesar meticulosamente estos diferentes salones, no tendremos la garantía de que nuestra conclusión última se encuentre libre de prejuicios. Por lo que regresando al caso puntual de Swami Prabhupada, debemos entonces comprender cómo tales declaraciones fueron realizadas en el contexto de un movimiento floreciente que aspiraba a literalmente “conquistar el mundo”, o al menos esa era la idea que la mayoría de sus seguidores poseían (y la cual -por más infantil que pueda sonar a muchos- quizás sea necesaria en cierta etapa inicial del desarrollo de la propia fe). Así, ante la perspectiva de un “mundo conciente de Krishna”, Prabhupada solía expresarse ante sus jóvenes discípulos muchas veces con expresiones aparentemente grandilocuentes, las cuales buscaban generar un tipo particular de impacto y entusiasmo en una etapa específica, pero que a su vez no implicaban una aplicación literal de todo su contenido.

Por otro lado, pese a que en épocas como la actual cualquier persona quedaría horrorizada ante una cita así, podemos notar cómo en tal momento esas mismas palabras generaban un efecto muy diferente, al menos en la mayoría de la audiencia. En otras palabras, el contexto e influencia de una época y situación social y cultural, proveen toda una psicología que a menos que uno se encuentre allí (o haya atravesado dicha experiencia), sería imposible darse una idea puntual de lo acontecido. A este respecto, tuve la chance de recientemente escuchar al psicólogo clínico Jordan Peterson, mencionar un punto más que interesante: él declaró que pese a que casi el 100% de la raza humana hoy en día condena movimientos tales como el nazismo, de todas formas si la mayoría de nosotros hubiese nacido en Alemania en dicha época, muy probablemente hubiésemos sido seguidores de dicho partido en tales momentos. Y quizás muchos digan HOY que “¡no!” en respuesta a ello, pero algo muy diferente es la opinión que podemos formular estando nosotros mismos imbuídos en un determinado entorno. Este tipo de propuestas no intentan desde ya justificar masacre alguna, pero sí darnos un vislumbre de hasta qué punto nos podemos ver condicionados por un determinado entorno prevaleciente.

Este último punto sin duda alguna nos invita a considerar un factor crucial: la continua importancia de elaborar nuevos comentarios y ediciones contemporáneas a cada uno de los diversos textos sagrados, muy en especial en los tiempos actuales en donde la idiosincracia y léxico de toda una generación son transfigurados mucho más rápidamente que en cualquier otra época de la historia. Pues el hecho de insistir exclusivamente en la dirección de una edición particular de un maestro específico de antaño, posiblemente entrega una postal desactualizada de diversos paradigmas que acompañan a la humanidad actual, quedando el mensaje limitado a expresiones y consideraciones que, incluso unos pocos años más tarde, ya no sean vistos ni expresados en tales términos. Aquí simplemente mencionamos este delicado punto, pero no nos aventuramos a desarrollarlo en este mismo artículo (sí quizás en alguna presentación futura) para no distraer nuestra atención del tema central de hoy.

Por otro lado, si uno escuchase los audios originales de las conversaciones aquí citadas entre Prabhupada y sus seguidores (los cuales tuve la oportunidad de oir recientemente) uno podrá claramente notar el clima informal, relajado e incluso jocoso en medio del cual estas palabras fueron pronunciadas, por lo que alguien medianamente cuerdo jamás terminaría concluyendo que la intención de dicho maestro era promover una especie de “criminalidad mística”. Y pese a que esto de hecho no fue así, sí existieron a su vez excepciones a esta regla (las cuales hoy no analizaremos en detalle), las cuales sin duda nos hablan fuertemente acerca de los peligros de vincularnos con un mensaje revelado, sin tener la suficiente sensibilidad para comprender su verdadera intención. Y pese a que estamos de acuerdo en que no todo lector será un potencial Hitler a este respecto, sí podemos establecer que en todos existe un potencial peligro en cuanto a distorsionar el significado original del mensaje y, muy en especial, hacer esto bajo el justificativo de la revelación y así, en nombre de la verdad transgredir todo un mundo de consideraciones morales y éticas, que la mayoría de nosotros aún necesitamos afianzar para una praxis espiritual genuina y sostenible.

Pues en definitiva “nuestro” movimiento es el movimiento de Sri Caitanya, de quien se dice que jamás castigaba a los pecadores (con armas o qué decir con la muerte), sino que más bien transformaba sus corazones mediante el amor y la compasión divinas siendo esta a su vez, la marca registrada de sus genuinos seguidores. Así, por un lado no deberíamos jamás tener miedo de hablar la verdad (pues ello representa necesariamente el criticar a otros) pero sí deberíamos temerle a aquel discurso, que nos lleva a creer prematuramente que ya somos trascendentales a la ética y la moralidad de este mundo. Pues en definitiva toda religión está ligada a la moralidad, al menos en sus etapas fundacionales y preliminares (yama/niyama en lenguaje yóguico, mandamientos en la cristiandad, etc.), por lo que hasta que uno no sea alguien disciplinado en su estilo de vida, el resto de su práctica serán meramente rituales e historias que no cumplirán un propósito sustancial en cuanto al logro de la meta última.

Pero lamentablemente (y muchas veces inevitablemente) siempre suelen existir practicantes que no tienen (ni desean tener) la capacidad de ir más allá de la interpretación literal de las cosas y, en el caso de Swami Prabhupada y sus seguidores, ello no fue la excepción a la regla: así como sus estudiantes inundaron el mundo entero con sus libros porque él así lo había solicitado, si Prabhupada hubiese de repente solicitado quemar todos esos libros, sin duda alguna sus seguidores lo hubiesen hecho de inmediato, sin titubear. Y pese a que algo así nos muestra el nivel de entrega incondicional de tal séquito, a su vez es un claro indicativo de la carencia de criterio y madurez que a muchos le solían acompañar en tales tiempos.

“El fin justifica los medios” solía ser un slogan de muchos en tales casos, y así esa misma clase de lógica maquiavélica fue la que tristemente llevó a algunos de los discípulos de Prabhupada a “hacer cualquier cosa por Krishna”: robar, prostituirse e incluso en casos extremos, matar. Nuevamente, esto no implica que Prabhupada ordenaba esto (o que lo aprobase en caso de enterarse), pero sí nos muestra cómo ciertas instrucciones resuenan de diferentes maneras en cada persona. Y pese a que en un sentido los ejemplos hasta aquí dados pertenecen a un pasado ni siquiera tan pasado, ello no quita que esas mismas equivocaciones puedan seguir expresándose en nuestro día a día: quizás con otros nombres, otros actos y otras secciones de las escrituras siendo citadas, pero aún sosteniendo un mismo principio que necesariamente debe ser más y más madurado y, eventual e idealmente, trascendido.

Para continuar detallando aún más nustro punto, sin duda alguna podríamos compartir todo un resto de citas controversiales del mismo Gita, que obligan al lector a volverse a) un fanático religioso, sexista, racista (y quién sabe qué más) o b) alguien quien sepa captar la esencia de todo, comprendiendo la relatividad de toda declaración a la luz de la Verdad Absoluta que allí se intenta presentar. Aquí unos pocos ejemplos extra de esta milenaria obra:

“Incluso si alguien comete las acciones más abominables de todas, si está dedicado al servicio devocional se debe considerar como un santo, porque está debidamente situado en su determinación.” (9.31)

“Abandona todas las variedades de religión y tan sólo entrégate a mí. Yo te libraré de todas las reacciones pecaminosas. No temas.” (18.66)

Una vez más, son declaraciones como estas las que paradójicamente representan las más profundas, fervientes y comprometidas palabras de Sri Krishna para con su devoto, pero a su vez también actúan como detonantes destructivos en la mente del lector inadvertido: así como Charles Manson vislumbró un mensaje apocalíptico al leer entre líneas la canción “Helter Skelter” de los Beatles (cuando la intención original del autor no era precisamente esa) asímismo existe toda posibilidad de extraer un sinfín de propósitos desvirtuado a partir de un discurso espiritual sagrado, como lo es el Gita.

Ahora bien, el antinomismo no implica en sí un concepto que necesariamente requiera ser abolido. En el Hinduísmo, la idea de liberación es justamente definido en términos de alguien lograr situarse (por la fuerza de su realización interna) muy por encima de los designios y leyes morales: siendo Dios mismo la fuente original de toda moralidad en su aplicación última, aquel que se entrega por completo a él, naturalmente traspasa todo sentido de ética relativo, posicionándose en una especie de transmoralidad. Esto mismo ha sido desde ya expresado en otras tradiciones tales como el Cristianismo, en donde San Agustín dijo lo siguiente: “Ama, y luego actúa como gustes”. La idea aquí implícita es que quien realmente ama, estará naturalmente nutriendo todo propósito moral (y más aún) con cada uno de sus actos. Pero debemos recordar una y otra vez, este tipo de dictámenes son aplicables a uno en la medida en que nos encontramos de hecho situados en dicha plataforma amatoria pues en la medida en que no sea así, deberemos atenernos entonces a toda una serie de consideraciones que tendrán como propósito regular nuestro carácter humano, en pos de la trascendencia última.

Incluso en otras tradiciones hinduístas como el Sri Vaisnavismo nos topamos con episodios similares a los aquí descritos: existe el famoso caso de Tirumangai Alvar, quien, junto con un grupo de bandidos, robó para colectar fondos que eventualmente serían utilizados en la construcción del famoso templo de Sri Rangam; él y sus acompañantes incluso llegaron a robar una imagen de Buda hecha de oro de Nagapatnam, para luego fundir la deidad y utilizar dicho oro para el fin por ellos perseguido. Y hasta el día de la fecha, muchos de los seguidores de esta rama Vaisnava toman esto como un ejemplo en donde el fin justifica los medios. Así, el declarar que “el fin justifica los medios” y con ello dar lugar a literalmente cualquier cosa en el nombre de lo divino, puede representar un arriesgada propuesta que sólo unos pocos sabrán representar con éxito. La mayoría de nosotros tendremos más bien que considerar honestamente qué tan situados nos hallamos de hecho en una realidad trascendente, y obrar luego en conformidad.

Pues estrictamente hablando (y más allá de ciertas quizás excepciones extraordinarias), incluso si utilizamos los medios errados para un fin favorable, dicho fin termina siendo en última instancia afectado por la contaminación del método inapropiado que haya sido utilizado. Así, ¿qué tanto se puede por ejemplo justificar el haber amasado innumerables fortunas para construir un determinado templo, si dicha colecta eventualmente termina generando una imborrable mancha en la reputación de una tradición, ante los ojos del mundo? Y este ejemplo no representa algo meramente hipotético, sino situaciones puntuales que lamentablemente han surgido, incluso hasta el punto de prohibírsele a ciertos practicantes, el difundir su respectivo mensaje en un país en particular.

Por otro lado alguien intoxicado con considerable influencia, autoridad y poder, fácilmente sabrá considerarse a sí mismo como alguien más allá de todo cuestionamiento y falla, pese a aún encontrarse claramente movido por multitud de intereses egoístas. Por lo que sea cual fuere el caso, la regla general a seguir es simple y lógica: incluso si uno se hayase por encima de toda ley y moralidad, aún así uno debería obrar de manera tal, que el resto de la población encuentre un referente puntual en donde sostener su propia conducta. Y este tipo de ideas no son tampoco algo ajeno al discurso del Gita—yad yad ācarati śreṣṭhas. De hecho, cuando decimos que un uttama-bhakta desciende al nivel madhyama, estamos en otras palabras describiendo cómo alguien que se encuentra por encima de toda moral “baja” a aquel plano en donde la consideración moral debe aún ser seguida (con el propósito de difundir el mensaje a otros mediante el propio discurso pero por sobre todo, el propio ejemplo). Este tipo de pautas son entregadas en los mismos textos védicos:

śukla-vastre masi-bindu yaiche nā lukāya

sannyāsīra alpa-chidra sarva loke gāya

“Un punto de tinta negra sobre una tela blanca no puede ser ocultado; similarmente, la mayoría de las personas se ven inclinadas en chismosear acerca de la más pequeña falla en el comportamiento de un monje.”

Siendo esto algo vigente en tiempos védicos (y especialmente respetado por Sriman Mahaprabhu y sus asociados)…¿con cuánto mayor cuidado no debemos considerar este tipo de realidades, en una era donde lo religioso y sus seguidores son contemplados con el doble (por no decir el triple, etc.) de sospecha que en otros tiempos?

En conclusión, podríamos decir que el fin justifica los medios únicamente cuando ello se vuelve un recurso absolutamente necesario en una situación específica. E incluso si uno se ve forzado por las circunstancias a romper un mandato moral en pos de un propósito superior, uno de todas formas quedaría moralmente obligado a no sólo justificar su decisión, sino incluso pedir disculpas por el daño relativo que uno pudo haber causado por ello.

En conexión a esta temática naturalmente pueden surgir otros cuestionamientos en relación a interesantes aspectos, tales como la posibilidad de que un sadhu cometa errores y aún así ello no afecte su santidad o, en el segundo de los casos, tener la capacidad de reconocer que ciertos errores pueden ser cometidos sin que ello sea necesariamente “un lila”, pero que de todas formas la integridad de esa persona no se vea necesariamente manchada, si es que hubo sinceridad de propósito de por medio. A este respecto no podemos dejar de recordar el famoso caso de Ananta Vasudeva, y muy en especial la generosa manera en que Srila B. R. Sridhara Deva Gosvami se expresó al perdonar a su hermano espiritual, y otro clásico ejemplo es el comentario que Thakura Bhaktivinoda hace en su propia autobiografía respecto a él haber tenido dificultad en abandonar su consumo de pescado en cierta etapa de su vida, todo lo cual representa sin dudas un desafío para aquellos que gustan de considerar a Sri Guru como obligatoriamente nitya-siddha. Ahora bien, también existe la posiblidad de preguntarnos lo siguiente en tal caso: ¿cuánta más inspiración y gloria no representará el tener un guru humano quien nos haya mostrado con su propio ejemplo el camino a seguir, luchando con los diversos aspectos negativos del enredo material y saliendo de allí con éxito?

Como diría un querido Vaisnava, más que caer en la trampa de considerar quién es mejor o más grande entre nuestros gurus, más bien solicitemos humildemente llevar la antorcha que nos han pasado de la mejor manera posible e incluso mejor aún, de ser necesario y posible. En las famosas palabras del mismo Thakura: “Aquel lector que denuncia un mal pensamiento, no comprende que toda mala idea es siempre capaz de ser mejorada, convirtiéndose eventualmente en un concepto superior”. Así, que todo auténtico adorador y practicante pueda extraer el principio activo de todos y cada uno de nosotros ser a su vez bendecidos con dicha extracción, de manera que la dinámica y progresividad del mensaje revelado continúe fluyendo quizás no tanto gracias a nosotros, sino muchas veces a pesar de nosotros.

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