NO ME PERTENEZCO

Una vez más el frío se pasea (especialmente en el Delta), y más de uno se siente incómodo con su llegada. ¿Por qué ocurre esto? ¿A qué nos invita cada nuevo invierno? Me atrevo a decir que este tipo de temporadas evocan recogimiento e instrospección, todo lo cual desemboca una y otra vez en el concepto de sobriedad. El frío nos desafía, planteando la necesidad de sobriedad en nuestras vidas. Y por ello nos incomoda tanto. Mientras que el calor invita generalmente hacia fuera el frío lo hace hacia dentro, hacia aquellos rincones aún sombríos e inexplorados de nuestro propio cuarto y conciencia. Y es desde semejante intento de sobriedad que hoy salen estas palabras…

Unos días atrás fui testigo de un nuevo intercambio del Dr. Jordan Peterson, una figura tan admirada como controversial de los tiempos que corren. Allí, un participante anónimo de la audiencia enviaba una pregunta escrita en donde expresaba cómo prontamente planeaba acabar con su vida, y preguntaba al Dr. Peterson si consideraba que existía alguna razón por la que él debería cambiar de planes. Luego de dudar si hablar sobre un tema tan delicado en vivo ante una audiencia de miles, Peterson expresó en su clásico léxico razones básicas por las cuales no hacer esto (el daño irreversible generado al entorno inmediato de uno, el compromiso moral para con uno mismo, etc.) pero la última de sus razones fue la que más me llamó la atención (y me llevó a conectar con diversos puntos de la filosofía Vaisnava): uno no se pertenece a sí mismo, y por lo tanto uno no tiene derecho a acabar de forma anti-natural con algo que no es nuestro (nuestra “propia” vida).

Un concepto así detona todo un mundo de implicancias a través del cual (si tenemos el suficiente coraje y honestidad) comprenderemos las más sustanciales verdades que necesitamos entender para que nuestra vida sea realmente exitosa. El Veda revela cómo nuestro único problema (y por ende la causa raíz de todo aquello que hoy en día consideramos como trágico) es el mantenernos errados en cuanto al hecho de establecer apropiadamente nuestra identidad, y sobre dicha base desvirtuada, configurar a la inversa nuestro abordaje de la realidad. La característica central de este avidya (“falta de verdadera educación”) se denomina aham mama, que literalmente podría traducirse como “yo mío”. En otras palabras, se nos intenta mostrar cómo nuestro verdadero potencial no reside en nuestra capacidad de acumular aparentes posesiones y así “ser más por tener más” (marca sintomática de nuestra era de consumo actual), sino más bien vislumbrar cómo nada nos pertenece, ni siquiera nosotros mismos. Y sobre dicha base desposeída, llegar a preguntarnos entonces a quién pertenecemos: Únicamente allí la perspectiva de una vida de amor real comenzará a asomar.

Así, aham mama no sólo se refiere al uno mimetizarse con una identidad relativa y considerarse el dueño de todo, sino que primeramente señala aquello que podría ser considerado como nuestro primer acto fallido en semejante sucesión de cálculos: el hecho de yo considerarme mío. Y desde allí extender el sentido de pertenencia a las expansiones inmediatas de mi ego (familia, mascota, dinero, casa, etc.) hasta gradualmente buscar acapararlo todo. De esta forma, en nuestro intento por obtener alivio al continuo sufrimiento de esta vida, terminamos cargando sobre nuestras espaldas la más impensada y pesada de las cargas: El intentar no sólo poseernos a nosotros mismos, sino clamar pertenencia de mucho (o todo) de lo que se cruce en nuestro camino.

En la época actual de nuestro país, donde priman discusiones tales como la i/legalidad del aborto, suelen escucharse planteamientos tales como “uno tiene el derecho de decidir sobre su propio cuerpo”, entre otras cosas. Sin querer agredir a quienes piensan de esta forma, no puedo evitar considerar dicha declaración como algo aún demasiado inexplorado y periférico, en donde no llega a tocarse la profundidad de lo que semejante frase implica. Sin considerar un aspecto central como el hecho de que no sólo (en ese caso) uno decide sobre su cuerpo sino sobre un segundo ser con el que convivo, reflexionemos esta vez sobre el hecho de uno poder decidir sobre el cuerpo de uno (y qué tan de uno es realmente): por empezar, no elegimos el cuerpo que nos ha tocado sino que nos ha sido dado; por otro lado, tampoco decidimos cuándo abandonar este cuerpo ni toda otra serie de sucesos que inevitablemente acontecerán (y acontecen a cada segundo sin que incluso estemos concientes de ello) sobre el mismo más allá de nuestro control y capacidad de decisión, y así sucesivamente. Ante una situación “tan fuera de control” como esta, ¿qué tanto podemos atrevernos a considerar al cuerpo como propio? Y como si esto fuera poco, se nos dice que no sólo “nuestro” cuerpo no nos pertenece, ¡sino aquel que habita dicho vehículo (o sea, nosotros) tampoco nos pertenecemos! Sí, admito que no es una píldora difícil de pasar para la mayoría. Pero así como el frío no es fácil de pasar pero a su vez nos invita a lo más profundo, asímismo lo son este tipo de propuestas.

Thakura Bhaktivinoda, el pionero del Vaisnavismo Gaudiya en la era moderna, escribe en su inmortal Saranagati la siguiente línea, “Yo ya no me pertenezco”. En otras palabras (y ejemplificando el proceso que atraviesa un practicante progresivo del bhakti) él describe cómo en un determinado capítulo de la práctica, uno toma plena conciencia del garrafal error de uno haberse considerado a sí mismo como independiente de todo poseedor, para finalmente despertar al más feliz y afortunado de los hechos: Ceder el sentido de posesión sobre nosotros mismos. Y aunque esto parezca representar una evasión a la propia responsabilidad sobre uno, bien concebido nos hablará de aquel paso que sólo los más valientes se atreven a dar, abrazando el pleno compromiso que la vida intenta regalarnos.

En el contexto de esta composición aquí citada (Saranagati), cabe destacar el significado de la misma: Entrega. El concepto de entrega ha sido enfatizado por todos nuestros ancestros devocionales, como el cimiento fundamental sobre el cual uno podrá exitosamente construir el templo del amor divino en el propio corazón. ¿Pero qué implica entrega, qué es lo que en ñultima instancia debemos entregar? Nuestro corazón desde ya, pero ello en la práctica significa justamente esto: Entregarnos a nuestro dueño o en otras palabras, concluir que mi vida pertenece a aquellos que me aman, a mis bienquerientes. Sin este tipo de psicología acompañando nuestros movimientos, será más que imposible estar avanzando hacia el logro de una vida amatoria. Sin levar el ancla no podemos esperar que el barco avance, sin importar qué tan fuerte pueda estar sonando el motor y qué tantos otros ruidos podamos estar haciendo para no tener que reconocer nuestro posible fracaso.

La naturaleza del amor consiste justamente en esto: Más que en proyectar nuestros propios huecos existenciales sobre el otro y pretender que “el amado” satisfaga mis vacíos personales, el afecto real tiene que ver con amar y no tanto con ser amado. En otras palabras, amor implica un total enfoque y absorción en el objeto desinteresado de mi cariño, lo cual muy probablemente haya sido denotado inicialmente al percatarme de todo aquello recibido (sí, ¡aún hay cálculo aquí!) a partir de la otra persona, y en mi intento por reciprocar idealmente se va dando un proceso de refinamiento, el cual culmina en abocarme a dar placer al amado, estando 100% identificado con sus necesidades, gustos y anhelos. Y dicha impronta sin duda alguna estará también presente en la persona amada, en relación a quien ama.

El verdadero amor es entrega, donde importa más el otro y no tanto una meta financiera o mercantilista. Y para que semejante ideal ocurra de manera sostenible (con todo el vértigo y riesgo que esto implicó, implica e implicará), también idealmente deberé entonces considerarme eventualemente poseído por el amado. Pero si esto llegase a ocurrir verdaderamente, entonces el amado innegablemente sentirá lo mismo para con uno. Siempre recuerdo una hermosa frase de mi venerado Thomas Merton, en donde él claramente indicó (en el contexto de una comunidad monástica) cómo funciona este axioma. Él dijo: “Uno se mantiene gracias a las oraciones de sus hermanos”. En otras palabras, en la medida en que voluntariamente delego mi propia existencia a mis bienquerientes, paso a ser sostenido, bendecido y protegido por dicho acto, en donde todo un mecanismo invisible se activa para proveer lo mejor a cada parte.

La entrega (tal y como se la concibe en la práctica devocional de aquellos que siguen a Sri Caitanya) es visualizada en seis etapas, siendo la penúltima de ellas atma-niksepa, o el reconocer y aceptar cómo todo pertenece al amado, al Supremo amado, incluído uno mismo en el primer puesto de dicha lista. Pues sólo en la medida en que yo mismo me entregue y me declare como propiedad del otro, podré realmente sentir que nada me pertenece: Mientras yo me considere como mi auto-propiedad, naturalmente también tenderé a ver a todo y a todos dentro de esa misma y oscura lista. ¿Y por qué debería aceptar pertenecer a otro? ¿Cómo entender semejante lógica y necesidad? Muy simple, entregar nuestra vida a otra persona implica que, entre otras cosas, tales almas me conocen mejor de lo que yo me conozco a mí mismo, quieren mi verdadero bienestar más de lo que yo mismo lo estoy procurando, y así sucesivamente. De esta forma, es más que natural desposeernos a nosotros mismo de nuestra existencia, y ponerlo bajo el resguardo y amparo de aquellos que saben cuidar nuestra propia vida más de lo que nosotros supimos hacerlo hasta ahora. Y nuevamente, dicho gesto representará la mayor de las responsabilidades asumidas, el más grande paso jamás antes dado.

Mi maestro espiritual una vez indicó que “Sri Krishna nos muestra su gracia a través de la asociación que nos envía”, lo cual es toda una declaración de principios en sí misma. En otras palabras, las respuestas a nuestras oraciones y las bendiciones por nosotros requeridas llegarán a nuestra vida no a través de luces multicolores ni situaciones exacerbadamente milagrosas, sino mediante aquellas personas a quienes puedo entregarles mi vida en el día a día, sintiéndome genuinamente comprado por la naturaleza de su afecto desinteresado hacia mí mismo.

Y lo más interesante de todo esto es que de antemano, Dios mismo ya realizó este ejercicio antes que nosotros, desde tiempo inmemorial. Encontramos innumerables registros escriturales que dan testimonio de cómo el Supremo se considera a sí mismo como propiedad de quienes le sirven y aman libres de todo cálculo, tales como cuando Sri Krishna dice en el Bhagavata (9.4.63) aham bhakta-paradhino hy asvatantra iva dvija: “Yo me encuentro por completo bajo el control de mis devotos; en verdad, no poseo la menor independencia”. Estas palabras son pronunciadas por el controlador e independiente supremo, quien a su vez confiesa cómo eternamente depende del afecto de sus poseedores, aquellos que poseen el más inmaculado tipo de afecto. Sri Caitanyadeva mismo (Krishna en su máxima muestra de este mismo principio) una y otra vez se ponía a disposición de sus asociados personales íntimos, indicando cómo él no tenía libertad propia, y que aquello que sus más cercanos decidiesen, él se encontraba “obligado” a seguirlo, estando irresistiblemente atraído por la fuerza de su amor.

De esta manera un día como hoy, frío, húmedo pero a su vez cálido, intento permitirle al invierno ejercer su debida influencia sobre mí, y dejarme re-configurar hasta el punto de ya no pertenecerme a mí mismo, de abandonar ese falso auto-abrazo que insisto en darme pese a tantos intentos fallidos, y finalmente descubrir y adorar la perspectiva que la no-pertenencia me ofrece: Habitar de aquí en adelante un tipo de vida en el que pase a pertenecer y a ser parte de todas aquellas grandes almas que mi dueño definitivo ha ido sembrando sistemáticamente en mi camino, vida tras vida. Un día como hoy, quizás más que nunca antes, necesito aprender que no me pertenezco.

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