“REINTERPRETANDO A DIOS” por Darío Sztajnszrajber / Reseña y análisis a la luz del teísmo devocional de India (Gaudiya Vedanta)

Pese a innegables divergencias de carácter tanto filosófico como ontológico, me atrevo a decir que aprecio el trabajo y campaña de alguien como Darío Sztajnszrajber. Aprecio su permanente intento por mostrar al común denominador cómo el principio de la filosofía no es más que uno de los tantos derechos inherentes que acompañan a nuestra especie. Así como Julia Cameron diría que todos somos escritores (pero algunos escriben y otros no), asímismo considero a Darío como toda una figura que intenta mostrarnos que todos podemos participar del ejercicio filosófico, más allá de nuestras capacidades intelectuales y filosóficas. Y sin duda quizás resulte llamativo que estas palabras sean pronunciadas por un monje hinduísta afiliado a la claramente teísta tradición Gaudiya Vedanta pero sí, a pesar de que el autor se considera a sí mismo como alguien que “cree que no cree”, no puedo más que valorar su valiente y honesta presentación de un tema tan poco actualizado como el de animarnos a desenmascarar a Dios, y partir de semejante ejercicio tener el coraje de descartar cualesquier concepción insostenible que desee interponerse en el camino de todo genuino buscador de la verdad.

Si hay algo que valoro profundamente ya sea en el escenario teísta como el que se opone diametralmente al mismo, es la capacidad y predisposición de uno mantenerse continuamente dispuesto a un dinámico progreso en la respectiva senda que uno oficialmente transite. Si como teísta uno ha tenido innegables experiencias de la trascendencia mediante la adopción de una metodología transracional, ello aún no quita que uno pueda (y deba) mantenerse abierto a cuestionar la propia fe de uno, quizás no necesariamente desde un lugar amenazante y paranoico, pero sí lo suficientemente como para que permite el saludable ejercicio de toda aquel duda que nutrirá la verdadera convicción espiritual. Y el mismo criterio ha de aplicarse al ateo o agnóstico, quien de alguna manera se presenta bajo una determinada bandera, pero eso no quitará que dicha persona deba mantenerse abierta a continuamente reconfirmar sus propias creencias en base a ideas y evidencias que incluso sugieran lo contrario. Así, si de ambas partes nos mantenemos abiertos a semejante diálogo, sin duda alguna estaremos protegidos de aquel más aberrante fundamentalismo que no sólo ha logrado manchar la doctrina religiosa, sino que sin duda alguna también encuentra sus representantes dentro de la esfera de la no-creencia.

A este respecto, recuerdo haber estado siguiendo hasta cierto punto una interesante serie de debates entre el psicólogo Jordan B. Peterson y el neuro-científico Sam Harris, quienes respectivamente representan los ideales cristianos y reduccionistas. Más allá de los puntos presentados y las inevitables diferencias que de ambas partes surgirían entre ambos, valoré ante todo la forma en que cada debate comenzaba, aclarándose que más que un debate, lo que se estaba presentando era a dos personas que estaban profundamente de acuerdo en intentar mejorar la calidad de vida en este mundo, y desde allí ambos se presentaban y comprometían profundamente a intentar extraer el máximo beneficio posible de su intercambio, con diferencias incluídas desde ya. De una misma forma aquí trato de embarcarme en un proyecto similar, entendiendo que todo diálogo con alguien que no sea mi propia persona (o incluso yo mismo!) implicará la continua posibilidad de ser transformado por las ideas del otro. Y eso no necesariamente será un crimen, sino más bien todo un filtro que pondrá a prueba nuestras propias creencias, invitándonos a continuamente seguir refinando cada uno de nuestros argumentos y abordajes para con esta realidad, siempre en movimiento.

Así, en este breve artículo compartiré algunas ideas que inevitablemente erupcionaron al escuchar la charla dictada por Darío Sztajnszrajber en Rosario, titulada “Reinterpretando a Dios” (aquí comparto el link: https://www.youtube.com/watch?v=AKcQFJ_VctM), las cuales enumero a continuación e intento presentar en el contexto de una tradición aparentemente opuesto como lo es el Gaudiya Vedanta, y desde allí continuar forjando intercambios significativos entre miembros de las diversas áreas del pensamiento contemporáneo, que de todas formas se mantienen unidos por la autenticidad de sus respectivas búsquedas:

/ Casi en el inicio de su exposición, Darío menciona que “la pregunta por el origen y la pregunta por la muerte son la misma pregunta”. No puedo más que estar de acuerdo con ello, al menos en el sentido de que resolver una implica haber comprendido la otra, ambos estando especialmente en Oriente a través de conceptos tales como el de samsara (repetido ciclos de nacimiento y muerte). Recuerdo también a Buda diciendo que aquel que vive como si nunca fuese a morir, muere como si nunca hubiese vivido. En otras palabras, la muerte es parte de la vida y resolver toda pregunta en relación a una de las dos caras de dicha moneda, implicará obtener mayor claridad en la otra parte. Ambas preguntas (origen/muerte) básicamente representan los mayores misterios que acompañan a nuestro timeline, y no cabe duda que toda genuina indagación tendrá que desembocar en tales direcciones. ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? Aunque estas preguntas puedan ligarse al tiempo pasado y futuro respectivamente, sin duda alguna afectan visceralmente nuestro momento presente, y lo seguirán afectando de manera aún más sustancial, en la medida en que logremos desencriptar semejantes enigmas. Y el cómo lograr eso será el siguiente punto que Darío presente.

/ El expositor rápida e inteligentemente deja en claro que “la explicación científica no satisface la inquietud existencial, pues la ciencia responde ´el cómo´ mientras que la filosofía pregunta el ´por qué´ (mencionando que la primero pregunta cierra y la segunda abre, y a su vez cuestionando la supremacía del sistema lógico a este respecto.” Nuevamente no puedo más que estar de acuerdo con semejante conclusión. La ciencia reduccionista moderna, propone que la única y exclusiva forma de conocerlo todo objetivamente será a través de aquello que el laboratorio permita. Esta postura se denomina cientificismo, o un tipo de imperialismo epistemológico que absolutiza una métodología particular para conocer la totalidad de la realidad, sin validarse el aporte de ninguna otra esfera o experiencia que pueda entregarse fuera de ello. Así, mientras que por un lado observamos el predominio de la autoridad científica en reemplazo a lo que en algún momento ocupó dicho trono (religión, filosofía, psicología) a su vez encontramos una curiosa y proporcional dosis de masivas crisis existenciales afectando nuestros tiempos. Y no es de sorprendernos que una cosa coincida con la otra, pues justamente la inquietud existencial no logra quedar satisfecha mediante el abordaje lógico, siendo una inevitable consecuencia de ello el considerable grado de vacío existencial que hoy padecemos. Ahora bien, en lo personal elijo responder a este paradigma mediante el concepto de revelación el cual, más que tener que ver con creencias y dogmas no pensados ni vivenciados, nos habla estrictamente de adoptar una serie de prácticas basadas en un tipo de conocimiento que sin duda trasciende la razón, pero no por ello se vuelve irracional. Es lógico que no todo tiene que ser lógico, y ello nos habla de la posibilidad de un método (y por ende experiencia) transracional y translógica. Siendo uno guiado por tales preceptos (que en nuestra escuela son considerados como provenientes de la Divinidad misma) uno de todas formas se aboca a un tipo de práctica concreta que a su vez concede resultados más que pragmáticos e innegables, incluso pudiendo ser corroborados a la luz de cualquier laboratorio de turno: ¿pues cómo explicar que un místico genuino haya logrado controlar la animalidad humana (todo lo cual puede ser tangible pero a su vez inexplicable para nosotros)? En fin, un pequeño vislumbre sobre este tema en particular…

/ Darío eventualmente nos habla sobre el concepto de “una primera causa de todo que no haya sido causada por nada ni por nadie”, y de cómo las religiones definen a Dios como la primera causa y ese alguien único quien tuvo la capacidad de “hacerse a sí mismo”. Ahora bien, mientras que la mayoría de las religiones abrahámicas presentan la idea de creación ex nihilo(en donde algo comienza a existir a partir de una nada previa), la posicón del Gaudiya Vedanta (y de Oriente en general) es considerablemente variada: mientras que en Occidente tendemos a considerar el factor tiempo como algo lineal, Oriente tiende a concebir las cosas en términos circulares. Y de hecho, en muchos sentidos un círculo nos dice mucho más que una línea, en relación a hablarnos de algo perfecto, armónico y terminado, pero a su vez en constante expansión y desarrollo sobre tales primeras bases. En otras palabras, el Gaudiya Vedanta opina que no existe creación alguna y que más bien, todo aquello que existe siempre existirá y todo lo que no existe nunca existirá, Dios incluido en el combo. Para ser más claros y técnicos a la vez: Dios es considerado como saktiman (energético) y tanto la materia inerte (este mundo) como los seres que lo pueblan son ambos sakti, o diferentes clases de energías intrínsecamente conectadas a su fuente. Y así como el enérgetico no posee punto de inicio tampoco lo hacen sus múltiples potencias, quienes existen y conviven con él desde tiempo inmemorial. Lo que como mucho sí se considera es la posibilidad de un comienzo y un final pero en el marco de un ciclo eterno y sin inicio de incontables comienzos y finales, en lo que a generación y disolución cósmica se refiere.

/ Darío también menciona que, a través de las “respuestas imposibles”, él llegó a un Dios imposible, esto es, un Dios por fuera de la lógica y sí, ese es el único Dios posible. Si dios quedase limitado a nuestra limitada lógica, él sería menos que nosotros mismos incluso. Y no puedo evitar que la palabra “imposible” aquí utilizada, me resuene demasiado con el término sánscrito acintya, el cual se traduce como “inconcebible”, y el cual nos habla de que el Infinito es indudablemente incognoscible para el finito, pero que a su vez existe la necesaria posibilidad de que el Infinito, dentro de su infinita capacidad, se vuelva cognoscible al finito, tal como uno puede llegar a ver el Sol no gracia a los propios ojos, sino al Sol mismo y su propia e innegable luz (todo esto ligado a la definición que Darío da de Dios como apertura, y cómo el hombre se predispone al darse cuenta que no lo puede todo). Así, este es el reporte que los místicos de antaño (y presente) nos entregan una y otra vez: una experiencia de aquello que trasciende los propios límites, pero que se hace presente dentro del marco de los propios límites, extendiendo la propia (in)capacidad y limitación por obra y gracia del Infinito, quien sin duda alguna puede hacer todo aquello que nosotros nunca podremos. Y no abrirnos a esta posiblidad representa sin duda alguna un tipo de prejuicio y sectarismo.

/ En cuanto a la cita de Ludwig Feuerbach (“toda teología es una antropología”) y la idea de que pensar a Dios es pensar lo humano, sin duda alguna existe el peligro de ocuparnos en semejante ejercicio en forma indebida, pero a su vez el mismo posee su lado válido e incluso encantador. En el primero de los casos, desde ya será de lo más fácil proyectar nuestras propias concepciones fallidas y relativas hacia el umbral de lo absoluto, continuamente proyectando nuestra frágil humanidad en el campo de lo divino. Y para prevenírsenos de ello es que justamente la doctrina Gaudiya Vedanta propone no recurrir a semejante sistema sino al principio de la revelación, que no es sólo “aceptar ciegamente algo que no se sabe bien quién dijo”, sino recibir un determinado mensaje de labios de alguien que corporifica dicha enseñanza y la transmite regalando una conducta humana y más aún y como dije, habiendo controlado todos aquellos impulsos que generalmente no concebimos trascender como raza humana. Así, una natural curiosidad se despierta en relación a tales personas, quienes a su vez recibieron tales mensajes de otras personas, todo ello siendo traspasado desde tiempo inmemorial hasta el día de la fecha pero no de manera fósil y estática, sino en un continuo flujo de renovadas ideas, todas ellas comprobables mediante una práctica y guía específica (como todo en la vida en definitiva).

Por otro lado, la noción de Dios como “demasiado humano” no necesariamente tiene que ser un problema, si es abordada desde un lugar certero. Pues si Dios es “demasiado Dios” (tal como suele ser ilustrado en Occidente) semejante persona inspirará temor, reverencia y distancia en lugar de intimidad, afecto y confianza (que es lo que en última instancia idealizamos en toda relación perfecta). Por ende, para que el Infinito pueda revelarse y aproximarse al finito sin que este último quede abrumado, se nos informa que Dios mismo adopta eternamente una identidad muy semejante a la humana, con quien entonces podremos empatizar y conectar emocionalmente de forma más natural y sencilla, pero al mismo tiempo dicha realidad será más y más cautivante, siendo que no corresponde a “un ser humano más”, sino al Ser Supremo Mismo. Este punto me recuerda justamente una breve reseña que escribí hace algunos meses, en relación al libro “12 Rules for life” de Jordan B. Peterson (aquí comparto el link de dicho artículo: https://www.reddit.com/r/JordanPeterson/comments/9f0amd/12_rules_for_life_a_review_comparative_study_by/), destacando este mismo e importante punto al mencionar que aquello que falta en un ser omnisciente, omnipresente y omnipotente, es la limitación. Así, la limitación puede y debe necesariamente ser algo encantador, tal como lo es en este mundo al uno contemplar un frágil bebé, y como debería serlo al dirigirnos a la más elevada de todas las realidades. En otras palabras (y tal como en su momento ocurrió con Superman) cuanto más poderoso se vuelve alguien, más aburrido termina siendo para nosotros y para él mismo. Y así como al aburrirnos recurrimos al juego, esto mismo acontece en el caso de Dios quien, aburrido de su propia divinidad elige trascender dicha designación y ser él mismo (siendo aún Dios un rótulo protocolar y no tanto el aspecto más hogareño e informal de lo divino) y cuando él juega, lo hace tan en serio que su identidad como Dios (entendiendo esto como administrador cósmico y controlador absoluto) sigue operando en cierto nivel a través de diversas agencias que le acompañan, pero él en sí mismo se encuentra absorto en otra dirección. En sánscrito todo ello se conoce como nara-lila, o aquel juego divino en donde Dios se trasciende a sí mismo para volverse más cercano a nosotros, pero al mismo tiempo sin ser tocado por ninguna de las falencias que acompañan a nuestra especie. Para ser más claros: en esta forma, conocida como Krishna en el Gaudiya Vedanta, Dios de hecho expresa vulnerabilidad, fragilidad y todo el caudal emocional que nos caracteriza al relacionarse con sus amados en términos de él mismo ser amigo, hijo y amante, pero todo ello sin vestigio alguno de explotación ni egoísmo, y más bien ejercitado en términos del más elevado y puro amor espiritual. Sí, en un punto inconcebible pero en otro punto cautivante y llamativo tal como Darío lo menciona e intuye, al decir que “cada vez más me fui dando cuenta que Dios tenía más que ver conmigo y mis limitaciones”.

/ En cuanto a la problemática presentada al Darío preguntar por qué Dios se reveló en un solo libro y/o época y por qué no se sigue revelando, nuevamente no puedo dejar de sentir allí una influencia particular que el expositor aquí comparte, a partir de la religión oficial en la que le tocó nacer en esta vida, pero que no necesariamente se aplica a toda doctrina espiritual. Nuevamente, el Gaudiya Vedanta sí propone y permite la existencia no sólo de infinitos aspectos del infinito, sino de innumerables obras que así lo describan y por sobre todo, de la posibilidad de no relegar a lo divino a algo exclusivamente perteneciente al pasado remoto, sino más bien como una realidad viva que no sólo puede también manifestarse en el presente, sino incluso seguir creciendo dentro de su ilimitada capacidad expansiva. Pues si concebimos a Dios y su revelación (ya sea mediante un escrito o profeta) como algo perteneciente a antaño, ello naturalmente afectará nuestra capacidad de concebir semejante realidad como posible, existente y dinámica en este preciso momento presente. Considero que este último ha sido uno de los crímenes teológicos más delicados que han sido cometidos por numerosos “representantes” de lo divino.

/ Darío a su vez menciona que le encantaría tener fe pero no en una convicción de tipo envasada, y una vez más estamos en la misma página. La verdadera fe, por su misma naturaleza inherente, no puede ni podrá terminar de encajar en envase institucional alguno. Toda institución está allí con el propósito de facilitar la experiencia interna de una verdadera fe (y las prácticas subsecuentes que llevan a ella) y no justamente interponerse en lo que se supone que debería estar promoviendo. Si yo elijo ser parte de una institución espiritual, en verdad estaré allí idealmente porque me topé con determinadas personas cuya integridad, ideales y ejemplo fueron lo suficientemente conmovedores como para yo decidir afiliarme bajo su guía y nutrición. En otras palabras, más que pertenecer a una institución estaremos perteneciendo a determinados corazones que han sabido tocar los nuestros. Y si tales corazones eligiesen eventualmente abandonar una institución, generar otra o lo que fuere, muy probablemente nosotros estaríamos siguiendo tales pasos, tales corazones. Y en cuanto al tener fe, en definitiva todos tenemos fe, en algo. El punto es lograr depositar esa tendencia, que no será creencia sino toda una irresistible convicción que surgirá luego de haber experimentado lo innegable, es saber dar con el objeto perfecto e idóneo de semejante esperanza. Y ello debe necesariamente existir, dada la necesidad interna propia que a todos nos acompaña.

/ Y sí, a Dios “se lo siente y es algo conmovedor como el arte”. En definitiva, esa debe ser la experiencia al entrar en contacto con toda genuina manifestación de lo divino. Así como en este mundo encontramos un leve portal que nos regala un vislumbre de todo aquello presente más allá del mismo, de la misma forma el principio de la verdad, la belleza y la armonía residen en su máximo esplendor en el concepto de lo divino. Eso será Dios, y no cualquier otra idea que nos cause inmediata nausea. Y quizás alguien insista en que es imposible comprobar la existencia de Dios, pero en tal caso yo responderé que mientras uno (hipotéticamente hablando) pueda seguir negando con relativa facilidad la existencia de Dios, no será tan sencillo negar la presencia y existencia del amor por Dios, en la vida y conducta sobresalientes de aquellas grandes personalidades que sentaron tales ejemplos. Y en esos casos encontraremos un natural desinterés hacia todo aquello que aún nos captura, producto de la más magnética atracción hacia principios invisibles pero a su vez comprobables en los casos de tales grandes almas, quienes naturalmente vivían embriagados en la más alta cima de la belleza y el cautiverio que el más elevado encanto sabrá producir.

/ Empatizo a su vez totalmente con la idea de no poder aceptar a un Dios que viene a cerrarlo todo, a dar significados terminantes y definitivos y a invitarnos así a una especia de letargia existencial, donde nada puede volverse nada más de lo que ya es. Pero nuevamente, si logramos re-concebir a lo divino como alguien que en sí mismo se encuentra perpetuamente sumergido en una constante danza de enamoramiento (y toda la dinámica artística y estética que ello conlleva), creo que lo último que tendremos es a un ser que viene a cerrarlo todo. Y sí, Dios es aquel principio que en verdad no logra conocerse a sí mismo completamente jamás, debido a su infinita naturaleza en donde todo existirá en él, contradicciones incluidas, pero a su vez perfectamente armonizado en la más elevada síntesis posible. La naturaleza de la verdad última es un continuo movimiento revelatorio (y por ello se lo compara a una danza) y la naturaleza definitiva de la divinidad no es un mero principio abstracto, sino que encuentra su expresión final en un ser individual, con gustos e intereses, y lo suficientemente divino como para no caer en la categoría humana, pero lo suficientemente humano como para no crear un abismo insondable entre nosotros. Por lo que si deseamos hacer algo para divinizar a la humanidad, un muy buen primer paso sería humanizar a la divinidad.

/ Al Darío concluir su discurso implorando por una renovada metáfora de Dios, en lo personal una vez más concuerdo no porque considere reducir a lo divino a una mera metáfora, sino por entender la necesidad de nuestros tiempos de saber dar con un rostro del Absoluto que no deje de responder a las preguntas que ni la ciencia ni la tecnología (ni la filosofía con todo respeto) han sabido terminar de acomodar. Así, un aspecto de lo divino que coincida con nuestro más profundo sentido común, lógica y raciocinio pero que a su vez trascienda todo ello y no deje de hablar a los más sensible rincones de nuestra humanidad, representará una síntesis idónea de todo aquello que aún queda pendiente en nuestra agenda. Y el proceso para al menos comenzar a “creer” en todo ello no será una mera y ciega adhesión religiosa pero tampoco una enceguecida duda, sino un proceso que extraiga lo mejor de ambas partes, y así nos regale aquel fruto inédito que aún resta por ser degustado en nuestro paladar interno. Como diría uno de mis maestros (en relación a la ciencia pero aplicable a tantísimas otras áreas de investigación): “La ciencia nació siendo cristiana. En su niñez se convirtió en agnóstica, y en su adultez actual se ha convertido en atea. Pero si ha de sobrevivir a su vejez, debe necesariamente convertirse en una mística”. Así, considero personalmente que una genuina práctica espiritual debe ser necesariamente mística, lo cual representa el perfecto punto de encuentro entre la verdadera religión, ciencia y filosofía.

/ Así, siendo que en nuestro intento por acercarnos a Dios muchas veces terminamos concibiéndole de una forma tal que lo último que logramos es vernos atraídos hacia dicha persona, espero con estas pocas palabras haber generado alguna pequeña contribución y aporte a la causa de todo genuino buscador y, como Darío Sztajnszrajber bien menciona al cierre de su presentación, darle lugar al primer “creo”, ese que abre y nos sigue llenando de esperanzas y significado.

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